"Hijos, qué os parece si nos venimos a vivir a Barcelona".Se me encogió el alma. Menudas palabras había dicho mi madre. Odiaba la ciudad condal, tanto tráfico, tanta gente, tan pocos parques, mis amigos! Oh no! Mis amigos, la chica que me gustaba, todo se iría al garete. (Morros) "No mama, a mi no me gusta" le dije. Ella me sonrió, y dijo que bromeaba.
Nunca me había gustado. Hasta que un día, a los 16 decidí salir con los amigos a pasear por las emblemáticas Ramblas. "Pues no ha estado mal, podríamos repetir". Y ahí quedó la cosa. Pocas visitas más recibió Barcelona por mi parte hasta el día en que entré en la Universidad.
Supongo que uno crece, y su pueblo o ciudad de toda la vida, se le va quedando pequeño. Imagino que cuando se es un renacuajo no se saben apreciar algunas otras cosas. Tras unos cuantos años haciendo parte de mi vida en la ciudad, caí en la cuenta de que no está tan mal. Pasear por la calle sin que nadie te conozca, sobrevivir al caos en plenas rebajas, perderse por el metro y disfrutar de personajes que tocan instrumentos, conocer a gente por las noches... Al final, Barcelona se ha convertido en el sitio que nunca quise y, sus calles; en los caminos que de vez en cuando necesito recorrer. Y es que la magia que rodea a Barcelona no es poca.


BARCELONA.




