
A menudo nos empeñamos en ver sólo lo que queremos. Desde pequeños, vemos que los grandes regalos son los mejores, que más vale que sobre que no que falte. Y crecemos, pero lo hacemos única y exclusivamente pensando en nosotros. Más bien, en lo que los demás esperan de nosotros. Somos lo que nos hacen ser, valoramos lo que nos obligan a valorar, y prestamos atención a lo que nos plantan delante de las narices.
Esta es la razón de esta fotografía.
Desperté una mañana de febrero y empezó mi pequeño ritual.
Desperezarme, incorporarme, caminar a tientas hacia la ventana, levantar la persiana y saludar a un nuevo día. Para mi sorpresa, había llovido. No me apetecía nada aquel día, pero la plantita que cumplía justo un mes desde el cumpleaños de mamá, me miraba sonriendo. Sobre ella reposaba una pequeña gota de agua, perfectamente definida y preparada para rodar en cualquier momento sobre la hoja roja de la Euphorbia pulcherrima. No lo pensé ni un solo segundo. Saqué la cámara y dediqué parte de la mañana a fotografiar la gota desde distintos ángulos. Llegué tarde a la universidad, pero no importó.
Lo que había empezado como un día mojado y triste, se había convertido en un precioso martes cargado de plantas en las que jamás había reparado mi atención.
Más tarde, salió el sol.